


Desde que don Pepe abolió el ejército en 1948, los costarricenses nos sentimos orgullosos de afirmar que somos un país de maestros y no de soldados y que nuestro ejército lo conforman educadores. Sin embargo cuando vemos el entorno y la situación de los docentes en el país, llegamos a la conclusión de que se ha venido desmejorando sistemáticamente su situación y que a ello obedece en mucho la crisis educativa que se vive en el país.
Si analizamos con sinceridad y ojo crítico las acciones emprendidas en los últimos años resaltan una serie de hechos que han golpeado el nivel y la condición de los educadores. En el campo de las pensiones se asumió la peor de las medicinas, ante el crecimiento desmedido de pensionados juveniles y de lujo, se impulsó una legislación que significó una dura desmejora para el futuro retiro de la mayoría de maestros y profesores. Nos equivocamos, y me incluyo, porque fui parte de los que resultaron convencidos con las terribles cifras que nos mostraban economistas y actuarios, de que urgía la reforma que se aprobó en 1995. Hace unos años un destacado profesor universitario me explicó, cómo fue parte importante de su valoración para dedicarse a la docencia y no al ejercicio liberal de su profesión el régimen de pensiones que disfrutaría a su retiro, igual que él muchos distinguidos profesionales prefirieron las aulas para el bien de muchos de sus alumnos.
La misma situación se da en materia salarial. Hoy por hoy los profesionales más mal remunerados en el país son los maestros y profesores. Mientras otros grupos se benefician con convenciones colectivas y otros beneficios laborales, -algunos de los cuales resultan sin lugar a dudas excesivos-, ninguno de estos amparan al sector educativo.
Como si fuera poco, y es la razón que me motivó a escribir este artículo, han salido a concurso dos mil setecientas plazas en el sector educación para más de cuarenta mil concursantes, quienes deben hacer filas desde la madrugada, en condiciones incómodas, con mala atención, sin sistemas efectivos de cómputo y de control, para que al final las decisiones se tomen al calor de la influencia de la política mala, la del amiguismo, no la de los méritos y mejores atestados. La Contraloría General de la República ha denunciado que el 41% de los educadores se encuentran interinos lo que permite su reubicación constante, genera inestabilidad familiar y facilita la intromisión de influencias externas. Estas condiciones no son las óptimas para ningún sector laboral, pero menos para un grupo de profesionales a quienes hemos denominado nuestro ejército, para revelar el valor que les deseamos otorgar.
Si estas son las condiciones que otorga el sistema a nuestros educadores aunadas a la falta de colegios, aulas, pupitres, laboratorios de cómputo, además de la irrisoria suma que se destina para los comedores escolares, ¿cómo podemos extrañarnos de que tengamos una desmejora en la educación del país?.
Estamos a tiempo para revertir esta situación. Debemos de inmediato hacer justicia con maestros y profesores, dignificando su condición, revisando la legislación de pensiones, otorgando los instrumentos y equipos que requieren para su trabajo, pero por encima de cualquier acción, volviendo a convertir a los educadores en verdaderos líderes de la comunidad, participándolos en la elaboración de los programas educativos, los que se elaboran en muchos casos sin tener en cuenta las opiniones de quienes están en la trinchera diaria y son quienes mejor conocen su viabilidad.
La Costa Rica del futuro, requiere en su construcción que volvamos a honrar a los educadores; así, con su motivación, mística y conocimiento mejore la educación y se convierta en la llave que abra la puerta de las oportunidades para las futuras generaciones.