


Hace unos años, el mundo entero siguió las noticias sobre la debilitada salud del papa Juan Pablo II. Aquí en Costa Rica recordamos también un aniversario más de aquella inolvidable visita que nos hiciera hace 22 años, bajo el gobierno de don Luis Alberto Monge.
Uno de los personajes más sobresalientes del siglo 20, el políglota papa polaco rompió con múltiples paradigmas y conmocionó para bien al mundo entero. Recordemos que con la elección del joven Karol Wojtyla se optó por el cambio. Atrás quedaban más 400 años de papados italianos, y dio inicio a un apostolado sin fronteras, llevando sus enseñanzas a todos los rincones del mundo, de ahí su reconocimiento como el papa viajero.
Hoy quisiera recordar uno de sus primeros viajes, el que realizara en 1979 a su natal Polonia. Varios historiadores reconocen la importancia de estos 9 días, como un pilar para los acontecimientos que acabaron con una era mundial. Una década después se produce la caída del Muro de Berlín, la caída de gobiernos de Europa del Este, la escisión de la Unión Soviética; en síntesis, el fin de la Guerra Fría.
Durante sus múltiples mensajes, el papa en su manera sencilla pero certera le recordó al pueblo polaco lo que era, la riqueza de su historia, su valentía. Sin manifestarlo explícitamente, su mensaje resultaba claro: el pueblo polaco podía levantarse, podía combatir las múltiples violaciones de derechos humanos, podía enfrentar con la fortaleza de las ideas y de la acción solidaria, la opresión de una potencia como la soviética.
En nuestro país vivimos dificultades: un gobierno a la deriva, con frecuentes cambios de rumbo y una escalada de renuncias que acrecientan aún más la incertidumbre de una ciudadanía cada vez más confusa. A lo anterior, se suman los múltiples escándalos de corrupción ya conocidos por todos.
Frente a esta coyuntura, los costarricenses honestos, serios y responsables, pueden inclinarse por varias opciones. La primera, la cual percibo con preocupación en todos los rincones del país, es enfrentar el desencanto y la desconfianza con un desinterés y apatía nunca vistos. Me preocupa este sentimiento de renuncia tácita y colectiva a participar en las decisiones que afectarán nuestro futuro. Frente a esta inopia, lo paradójico es que se deja la vía libre a personas con cuestionables valores e intereses. Otra opción es creer que la solución mágica puede radicar en una sola persona. Esta entrega colectiva, resultaría igualmente peligrosa. Ejemplos en América Latina, sobran.
La solución a nuestros problemas está en todos nosotros. Así como el pueblo polaco, recordó quién era, y lo que podía hacer si se lo proponía, también los costarricenses podemos seguir la senda que en 1979 marcó Juan Pablo II y enfrentar con gallardía los grandes retos del siglo XXI.
Somos una nación con una gran historia, producto de la acción colectiva de una ciudadanía responsable y participativa. Que siempre entendió la importancia de asumir valientemente los retos y dificultades, que se atrevió a ser diferente, que se anticipó a los tiempos, y sacó provecho de los avances tecnológicos y de las oportunidades. Fuimos pioneros en electrificar nuestras calles, renunciamos a tener un ejército para invertir en educación y salud, nos anticipamos y protegimos nuestros recursos naturales cuando para otros ni siquiera era un tema.
Ser costarricenses, significa soñar en grande, impedir que las dificultades nos dobleguen, que otros decidan por nosotros. El reto por delante es ejercer unidos esas cualidades y valores que todos llevamos dentro. Nuestra historia demuestra que cuando los costarricenses queremos, sí podemos.